Me encantaría comerte a versos, recorrer
todo tu cuerpo hasta encontrar el epicentro de la tierra en tu ombligo.
Cicatrizar heridas sin ni siquiera tocarte, tan sólo con mirarte me demuestras que
con una sonrisa puedes destruir todos los males existentes. Encontré la paz
interior en tus ojos, en un rinconcito en el que tan sólo podía oírse poesía.
Me grabaste, a fuego lento, tu nombre en mi clavícula derecha. Cosiste en el
reverso de mi corazón, algo así como: ‘’ ¿De qué sirve el corazón a prueba de
balas, si lo que a mí me mata es tu sonrisa?’’ Y es cierto, ¿De qué sirve el
corazón, a secas? ¿De qué sirven las balas teniendo tu boca partiendo esquemas?
De nada, no sirven de nada. El corazón huye acobardado al ver que ya no tiene
nada que hacer. Las balas atravesaron mí cuerpo una noche cualquiera. Tú
sonrisa dejó de ser mía cuando el tiempo hizo que nos separáramos sin ningún
motivo. Y ahora ha llegado el frío y necesito que me comas a versos, que me
leas a Salinas cada noche y yo te devuelva una de mis mejores sonrisas. Pero
éste hijo de puta me está helando y tú no estás. Ayer soñé con encontrarte, con
tenerte sin apenas buscarte. Y es que me matas con ser tan así, tan tú, tan mía
y tan suya. Y es que mi puta clavícula aclama tu nombre cada vez que tiene frío.
No le encuentro sentido al hecho de
morirme de frío, tal que yo morí, antes, cuando te vi marchar.
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