domingo, 9 de noviembre de 2014

Eres todo lo que fuiste un día, pero ya sin ti.

Me encantaría comerte a versos, recorrer todo tu cuerpo hasta encontrar el epicentro de la tierra en tu ombligo. Cicatrizar heridas sin ni siquiera tocarte, tan sólo con mirarte me demuestras que con una sonrisa puedes destruir todos los males existentes. Encontré la paz interior en tus ojos, en un rinconcito en el que tan sólo podía oírse poesía. Me grabaste, a fuego lento, tu nombre en mi clavícula derecha. Cosiste en el reverso de mi corazón, algo así como: ‘’ ¿De qué sirve el corazón a prueba de balas, si lo que a mí me mata es tu sonrisa?’’ Y es cierto, ¿De qué sirve el corazón, a secas? ¿De qué sirven las balas teniendo tu boca partiendo esquemas? De nada, no sirven de nada. El corazón huye acobardado al ver que ya no tiene nada que hacer. Las balas atravesaron mí cuerpo una noche cualquiera. Tú sonrisa dejó de ser mía cuando el tiempo hizo que nos separáramos sin ningún motivo. Y ahora ha llegado el frío y necesito que me comas a versos, que me leas a Salinas cada noche y yo te devuelva una de mis mejores sonrisas. Pero éste hijo de puta me está helando y tú no estás. Ayer soñé con encontrarte, con tenerte sin apenas buscarte. Y es que me matas con ser tan así, tan tú, tan mía y tan suya. Y es que mi puta clavícula aclama tu nombre cada vez que tiene frío.  No le encuentro sentido al hecho de morirme de frío, tal que yo morí, antes, cuando te vi marchar.

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